Cuando te veo me emociono y siento que mi corazón late no a mil, pero a 250, podríamos decir. Y a pesar de que no te veo hace años, cuando te veo (en virtual) quiero ser de nuevo la chica que tenía toda tu atención, la chica que quería, y quiero que me mires un poquito (nooooooooooo, que me mires un montón, que no dejes de mirarme) y quiero que me digas algo que me haga creer que tú aún me recuerdas un poco, que tb de ves en cuando piensas en mí y te sonríes... Yo sé a ti te da igual verme o no verme, encontrarme o no encontrarme, que no sientes que un mosquito invisible te pica cuando ves mi nombre en la ventanita del messenger o cuando te hago un chite por el FB, a ti todo eso te debe dar igual, y para ser sincera creo que en todo este tiempo soy yo la que he querido saber más de ti que tú de mi.

El otro día hablaba de mi amigo -que te conoce- de ti, pero nunca le dije que eras tú, solo le dije que quería llamar tu atención desesperadamente. Él se rio mucho de mi y no me dijo nada, salvo preguntarme qué haría si tú me decidieras a cruzar más de dos palabras conmigo, y yo solo pensé: "las cosas cambian".
Cuando te veo me emociono, me emociono más que cuando veo a mi novio, que es bueno y es lindo, pero es también la rutina (que a veces es cómoda y otras rutinariamente agotadora), es con la persona con la que más quiero hablar y a veces con la que más me aburre hacerlo en esas llamadas de reporte diario de
cómo estás, te fue bien, salgamos a comer el sábado. Yo lo quiero, pero debo decir que desde mi paso al escepticismo lo quiero diferente, no menos, no más, lo quiero sin idealizarlo y sintiéndolo más humano que nunca y bueno, creo que al final el amor necesita una dosis de esa tontería que hace que el amor sea simpático y que te hace creer que aún es lo más importante sobre la Tierra. Eso que te hace caminar sobre las nubes y pensar que nunca te vas a caer. Bueno, yo ya no lo quiero así, pero ciertamente lo quiero mucho, tanto como para haber aguantado muchas de sus tonterías.Supongo que el amor es un poco eso: saber que hay momentos en que alguien te sacará de quicio pero no querer despertar con otro al día siguiente (bueno, quizá una noche sí o dos, pero nunca todas las otras noches del mundo).