En una jaula de cristal

Siempre he querido escribir un diario, pero con un afán voyeurista. A pesar de ser reservada creo que cuando hay un incendio es bueno echarle un gran chorro de agua, por eso escribo esto como letras arrojadas al viento desde una urna transparente.

miércoles, 1 de junio de 2011

Días rojos


Dos semanas antes siento un dolor en el costado, es un dolor constante, de contracción, como si me fuera a nacer algo que no nace, a caer algo que no cae, entonces tomo unas pastillas que me mantienen contenta por dos días. Una, dos o tres semanas y varios días después mi cuerpo empieza a avisarme cuando llegará (el calendario nunca marca el día exacto).
Es algo curioso, todos estos procesos silenciosos, mi cuerpo los siente bastante bien, los entiende, los procesa, pero son una mierda (entenderlos no los hace menos dolorosos y saber que otras y otros no los sienten solo me hace sentirme más miserable). Lloro por todo. Veo dibujos animados y lloro, escucho la voz de mi novio y lloro, tomo pastillas y lloro, me dicen algo en el trabajo y lloro. Me deprimo, sufro, me preparo para recibir una intensa carga de dolor, me angustio, últimamente prefiero ver a poca gente porque luego me peleo y sufro. Nunca sé exactamente cuándo llegará, puede ser el primer día de dolor o al tercero sin dolor o llegar sin dolor (muy rara vez) y luego hacerme desear haber sido hombre por una semana entera. Cuando llega nunca sé cuánto va a durar: si 3 o 5 días (a veces dos o alguna vez ha llegado dos veces en un mes y con una semana de diferencia). Nunca sé si todos esos días estaré a merced de las pastillas o inyecciones. Si tendré dolor soportable o un dolor enloquecedor, esquizofrénico. Si me saldrá uno o dos granos o no. O si andaré hinchada y adolorida sin que llegue por varios días. Si tendré ganas de comer chocolate o si los zapatos y anillos empezarán a ajustarme. Si estaré caliente y tendré ganas de revolcarme todos los días o si las ganas de tener sexo se me irán por dos semanas o tres o un mes. Solo sé que he visitado dos doctores, que he tomado dos medicaciones diferentes y que ninguna me ha hecho lo suficientemente bien para no estar al borde de la locura desde esos primeros dolorcillos contracturados en el ovario derecho hasta el final de ese periodo rojo, nefasto, que nunca sé cuántos malditos días durará.

Entonces el Dr. más pequeño me habla del “componente subjetivo del dolor”, de que yo tengo un umbral muy bajo del dolor y que por eso todo lo siento el doble, el triple (claro, es hombre, no sabe de estas cosas, no sabe de los cambios hormonales, de la ansiedad, de la angustia, de los cólicos que te despiertan a las 3 de la mañana). El Dr. grande me dice que debo relajarme que hay que combinar medicamentos, que debo hacer ejercicios de relajación y que no me ponga anticonceptivos inyectables que luego con eso “tener hijos se te hace complicado”, y me vuelve a repetir lo del umbral de dolor. Yo pienso que están locos, que no entienden de un dolor que desespera, que está allí constantemente, que nunca se va, que fluctúa entre un estado de “arranque del dolor” (digamos entre 0.9 y 1,5 en una escala del 1 al 10), a un dolor de 10 (a veces de 11) y que solo baja a 0,9, como mucho a 1, pero que nunca se va por una, dos, tres, cuatro horas, o por 1, 2 o 3 días. Ellos no saben que eso te enloquece, que te hace querer estar en la cama, pero estar en la cama te hace sentir inútil, absurda, estúpida. No sabe que igual tirada en la cama el dolor es el mismo que estando sentada en la oficina, saliendo con los amigos o hablando con el novio, el dolor es el mismo y por eso da igual estar haciendo cualquier cosa porque la sensación de ser estúpida y tonta es la misma. Porque la sensación de que tu cuerpo te domina como a ningún otro ser sobre la tierra te hace no querer parar, pero tu cuerpo te gana, y eso no hay como explicárselo a alguien que no lo haya vivido, a alguien que fácilmente te puede decir: “Mujer, tómate un Ponstan, bebe un té de orégano, y ya”.

Porca miseria la de ser una mujer de una en un millón con un síndrome extraño. Porca miseria tener que pagar los pecados de Eva. Porca miseria sentirlo todo el triple de lo normal. Dicen que con un hijo esto se te pasa, ya me estoy animando.

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