En una jaula de cristal

Siempre he querido escribir un diario, pero con un afán voyeurista. A pesar de ser reservada creo que cuando hay un incendio es bueno echarle un gran chorro de agua, por eso escribo esto como letras arrojadas al viento desde una urna transparente.

jueves, 4 de octubre de 2018

Las pocas ganas de mejorar

Me indigna mucho que la gente persista en el mismo error y no tenga ganas de mejorar. Eso es horrible y estúpido. La única explicación que puedo darle a que alguien repita su mismo error mil veces pese a que se lo hayan hecho ver es la indiferencia. “Como me cago en mis errores voy a seguir haciendo lo mismo, porque yo creo que está bien” o “No me interesa lo que tengas qué decir sobre mis errores, por eso ni te escucho o si te escucho, luego se me olvida, porque no me interesa demasiado enmendarme”. Estoy viendo esto ahora en un tema de trabajo, pero da igual, se aplica a todas las personas en todos los campos de la vida”. Como realmente me llega este tipo de gente, diré como los españoles: “que se vayan a dar por culo”.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

El llanto

He llorado todo el día. No sé por qué exactamente. He visto varias películas: todas me han hecho a llorar, desde la mañana a la noche. No eran particularmente conmovedoras o lacrimógenas, pero yo no he podido reprimir el llanto. No ha sido como cuando veía algo y tímidamente me salía un lagrimón y aprovechaba para dar rienda suelta al llanto largo y tendido: lloraba porque nunca podía hacerlo y aprovechada cualquier ocasión para profundizar en las lágrimas. Ahora, más bien, trato de reprimirlo: lloro por todo. Es algo incontenible, no puedo dejar de hacerlo. Mi llanto resulta a veces demasiado ridículo. No sé por qué lloro, no sé por qué todo me conmueve. Parece que desde hace algún tiempo (demasiado tiempo ya) tuviera las emociones a flor de piel y todo me toca, más bien todo me desgarra. No quiero acabar con los ojos ridículamente hinchados por ver una película de locos chinos millonarios donde hay bonitas propuestas de amor o por ver una escena de discriminación a una discapacitada donde ella se defiende empoderadamente. No tienen sentido mis lágrimas. Tal vez lloro porque me apena ver todo aquello que no tengo (románticas propuestas de amor, valor para mandar a los que me maltratan al diablo). No sé... tal vez, como en mi antigua estrategia, el llanto se ha convertido en una especie de catarsis silenciosa que se asoma para compensarme por todo lo que no he podido llorar, solo que ahora esta no es voluntaria, solo que ahora tengo algo que me llora por dentro y sale, sale, y sale, para que yo no me quiebre, para que pueda funcionar todos los días y en el mundo real.
Quisiera volver a ser un poco como antes: la chica que no lloraba, la que no dejaba paso a la conmoción. Quisiera ser un poco más dura, hacer que cesen las lágrimas, poder ver una película sin sentirme ridícula.
Me siento un poco triste, no porque realmente lo esté, no porque tenga un motivo sólido, sino porque en algunos momentos no me entiendo. Escribo para entenderme, pero esta vez no logro hacerlo del todo o no quiero profundizar en ello: ya he aprendido que no debo abrir heridas que no voy a poder cerrar. Y aquí me ha pasado eso, debo haber abierto una puerta en algún momento que ahora no puedo cerrar. Y no sé... me he servido un wisky con cranberri (he estado tomando mucho wisky en estos días, me siento mayor) para palear esta sensación rara, este no sé que y pasar a otro plano, mañana será otro días, espero que sin lágrimas.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

El dolor

Es extraño cómo nos acostumbramos al dolor. Por estos días entre un tema médico y lo que significa no tenerlo, lo extraño. Extraño que me duela, que me haga querer rasguñar las paredes, clavarme las uñas en las palmas de las manos. Extraño ese dolor. Casi estaba tan acostumbrada a tenerlo que cuando no ha ocurrido he dejado de tomar pastillas para volver a sentirlo, para saber que aún está allí (y todo lo que eso implica biológicamente). Es casi como si quisiera castigarme por no tenerlo.

Extraño mi dolor, por mucho tiempo lo odie y luché contra él, pero ahora lo necesito para saber que todo está bien conmigo, con mi cuerpo. Extraño la costumbre del dolor. Ojalá y ahora apareciera y me tumbara y me inundara y me dejara en cama, con ganas de tomar mil pastillas. Si viniera el dolor se iría la preocupación y sabría que nada malo está pasando conmigo, que todo está bien, que todo es como siempre, que mi cuerpo no está cambiando, envejeciendo, mutando. Qué paradoja, me duele el dolor que no tengo.

viernes, 31 de agosto de 2018

El reencuentro

Un amigo ha vuelto a mi vida. Me da alegría. Nunca quise que se fuera y siempre lo heché de menos. Fue intenso y raro porque el proceso estuvo precedido de dos sueños. En el primero, nos saludábamos con afecto. En el segundo, yo te decía que quizá solo nos volveríamos a ver cuando pasé algo trágico. Quizá aún tenemos una conexión y eso hizo que soñara aquello. }
Lo bueno es que de nuevo ha vuelto a mi vida y eso me alegra mucho, me alegra saber que aún me quiere. Hemos vivido tanto juntos que perderlo para siempre hubiera sido una herida que nunca iba a cerrar.

viernes, 27 de julio de 2018

Mi necesidad de apropiarme de las cosas

Cuando compro un aparato nuevo lo primero que hago es quitarle el papel plástico adhesivo que viene en la pantalla. Le quito todas las etiquetas, le limpio las marcas del adhesivo. Boto la caja. (A veces cuando son cosas pequeñas -lapiceros, liquid paper, plumones- los saco de sus cajas en la misma tienda y las boto allí mismo, lo meto a mi cartera y sanseacabó). Si compro un cuaderno, inmediatamente le coloco mi nombre. Si es una agenda, un lugar donde deba rellenar algo, también, lo hago al momento.

Mi marido es diferente. Él guarda las cosas en su estuche original. No le gusta sacarle el plástico adhesivo a los relojes, a las pantallas de los celulares, al equipo de sonido. Todos los aparatos que comprados o regalados fueron destinados para él aún tienen sus etiquetas. A veces lo veo guardar su mouse en la misma caja en la que vino, casi intacto, inmaculado.

Solo en contraste con el otro es que puedes reconocer tus manías. Pero creo que lo mío no es una manía exactamente, sino un frenética necesidad de apropiarme de las cosas. Siempre quiero hacer todo mío, poseerlo, usarlo, sentir que puedo hacerle lo que yo quiera. Es una necesidad... No sé por qué... No sé si me he sentido desposeída de algo alguna vez y por eso ahora necesito tenerlo todo, saberlo mío, sentir que ha sido usado, que tiene mi huella, que ha pasado por mí. No sé por qué... solo sé que necesito apropiarme de las cosas.