En una jaula de cristal

Siempre he querido escribir un diario, pero con un afán voyeurista. A pesar de ser reservada creo que cuando hay un incendio es bueno echarle un gran chorro de agua, por eso escribo esto como letras arrojadas al viento desde una urna transparente.

domingo, 1 de julio de 2018

La muerte

La muerte, que es la negación de todas las posibilidades, el vacío... ha sido el tema del que hemos estado hablando en estos últimos días. No sé por qué...

Te he preguntado que harías con mi aro de matrimonio, me has dicho que lo guardarías, quizá que se lo darías a mi madre. Que mi ropa, cuando sea el momento adecuado, se la darías a mi mamá. Crees que ella le diría a mis amigas máas cercanas que escogan lo que quieran (en fin, tengo cosas buenas que podrían quedarles). Tu aro, me has dicho, lo guardaría tu mamá. No lo usas ahora, por qué habrías de usarlo entonces, si yo ya no estuviera.

Yo he pensado brevemente qué pasaría si tú murieras. Rápidamente solo se me ha ocurrido decir que no podría levantarme de la cama (un mes quizá), que lloraría siempre, que tal vez tendrían que internarme en una institución. La gente puede desquiciarse cuando alguien muere, he dicho, finalmente.

Luego he pensando que lo que me paralizaría sería precisamente todo lo que no viviremos, todos los planes que nos quedaremos sin cumplir, que te rrebaten esas posibilidades debe ser realmente desgarrador.

Que no venga la muerte para que podamos ver hechas realidad todas las posibilidades, andar todos los caminos y vivir lo que tengamos que vivir...

viernes, 29 de junio de 2018

Compañeros de miles de cosas

¿Quiénes son tus amigos? ¿Son los que te contestan el teléfono, de los que tienes recuerdos inolvidables o esos con los que pasas los fines de semana y los feriados? Tengo el corazón dividido. Vengo dándome cuenta de que muchos de mis amigos son amigos del recuerdo, de las tardes-noches de inicios del 2000 caminando por los alrededores de la universidad, de las borracheras con trago barato y de las largas horas contándoles mis penas de amor. Otros han sido mis amigos de una temporada, a los que conocí en algún eventual trabajo, en algún curso. Y otros son mis amigos de toda la vida, a los que conozco desde los 13 años. Con todos estos grupos de amigos creo que la idea es la misma que la de aquella canción:
Un barco frágil de papel,
parece a veces la amistad
pero jamás puede con él
la más violenta tempestad
porque ese barco de papel,
tiene aferrado a su timón
por capitán y timonel:
un corazón.

Y sí, tus amigos tienen una parte de tu corazón, pero la amistad es al final un barco frágil de papel.
Si dejas de ver a tus amigos, si dejas de compartir con ellos, de crear nuevas experiencias, entonces, solo te quedan los recuerdos, lo vivido en un tiempo pasado... Muchas de mis reuniones de amigos son así, recordamos viejas anécdotas, nos reímos del mismo chiste de siempre y tenemos pocas cosas nuevas qué decir, pero también hay algunas veces en que de pronto existe un momento en el que nos conectamos no con los que éramos en otros tiempos, sino como los que somos ahora y entonces, nos reímos con nuestras nuevas risas, nos hermanamos y yo vuelvo a sentir la misma magia del pasado. A veces esos momentos no llegan. A veces he querido tomar el teléfono y llamar a alguien para salir un fin de semana o quedar en una reunión y nadie puede, o todos prefieren un cafecito ráapido entre semanas. Cuando eso pasa me chilla en el oído la frase que el misántropo de mi hermano siempre dice luego de las reuniones con la gente de su chamba: "Ahora sí terminemos rápido para que podamos irnos con nuestros amigos de verdad" o lo que nos dijo un amigo muy querido a los integrantes de nuestro pequeño en una de estas reuniones cuando contaba una anécdota que le había pasado con su nuevo grupo de amigos: "Hay que ser sinceros ustedes son mis hermanos del alma, pero ellos son mis amigos, con los que me veo siempre". La vida amical creo que se resume en esas frases.

He venido pensando mucho en eso. Me he dado cuenta de que tengo amigos a los que solo veo en mi cumpleaños, en sus cumpleaños o por Navidad, y entonces, no puedo dejar de preguntarme si ellos siguen siendo mis amigos en toda la extensión de la palabra. Quizá por eso en los últimos tiempos me he dado a la tarea de vincularme más con aquellos amigos con los que quiero seguir creando nuevas experiencias, a los que no quiero mantener solo en el recuerdo. Entonces, he tratado de ser el capitán de mi frágil barco de papel y verme con mis amigas de toda la vida por lo menos una vez por mes, de escribir y llamar a los amigos que quiero y necesito, de promover reuniones con aquellos a los deseo ver... No todos han respondido a mi llamado (así como yo muchas veces no he respondido al llamado de todos esos amigos que alguna vez me han buscado...). En fin, todos tenemos una vida, hemos crecido, tenemos familias o casas o tesis que hacer o libros que escribir o panzas que rascarnos, o tal vez se nos ha interpuesto demasiada distancia, debemos reconocer que no con todas las personas podemos recuperar el tiempo. No deja de darme un poco de pena, a veces quisiera tenerlos a todos conmigo como en algunos momentos de mi vida, a veces me es difícil comprener que todo ha cambiado, que yo misma soy otra, que he crecido, que hace rato ya no tengo 20 años... Dejar ir me sigue costando mucho, mas aun si se trata de dejar ir pequeñas partes de mi historia, de mi corazón. Finalmente, yo también canto, como en la canción:

A mis amigos les adeudo la ternura
y las palabras de aliento y el abrazo;
el compartir con todos ellos la factura
que nos presenta la vida, paso a paso.

A mis amigos les adeudo la paciencia
de tolerarme las espinas más agudas;
los arrebatos de humor, la negligencia,
las vanidades, los temores y las dudas.

¿Quién quiere perder eso? ¿Quién quisiera dejar ir tanta maravilla? 
Yo solo quisiera poder compartir esa factura que nos presenta la vida con algunos amigos (como antes), por momentos realmente me hace falta. 

viernes, 8 de junio de 2018

Hogar

Resultado de imagen para jaula de cristalHace algunos días quisieron entrar a mi casa a robar. Yo me aterré tanto que me quedé encerrada todo el día como quien protege un fuerte. Inmediatamente pensé que eso debe ser tener una casa: querer protegerla. Cuando vivía con mis papás mi preocupación habría sido que no les ocurra nada, que ellos no estén allí, que las cosas materiales se pueden recuperar. Fracamente, incluso en mi mismo cuarto, no me hubiera preocupado perder cosas o hubiera sido mi más mínima preocupación, pensar que podrían haberles hecho daño o que la impresión podía haberlos maltratado era lo que más me preocupaba. Sin embargo, en mi casa sentí una preocupación por el espacio mismo. No era tanto la preocupación de perder las  cosas materiales, sino era sentir que había un extraño del otro lado queriendo vulnerar mi puerta e ingresar a mi espacio, tocar mis tocas, pasar sus manos por el edredón de mi cama, respirar el aire de mis ventanales grandes y luminosos. Quise proteger la casa (el espacio), cuidar que nadie entre e invada mis cosas. Por supuesto tuve miedo por mí también. Pensar que alguien pudiera hacerme daño dentro de mi casa me aterró. Pensé: si entran cuando no estoy, que se lleven las cosas, no importa; pero, si entran y yo estoy aquí van a dañarme. Luego, reflexioné y pensé lo del espacio, que no quería que nadie lo invada, más que las cosas era el espacio, mi aire.
Me imagine encerrada en el cuarto mientras alguien recorría las habitaciones. Encerrada y escondida entre la cama y la columna. Felizmente no pasó nada, nadie entró, la casa y yo nos mantuvimos a salvo y todo no pasó de ser un susto. Pienso que no quiero que nadie toque mis cosas, no quiero que nadie cruce una puerta que no he abierto, quiero mantenerme arropa y custodiada por mis 4 pareces, por mi jaula de cristal.

sábado, 12 de mayo de 2018

Los momentos que añoro

Nadie puede entender porque me gustan los programas para jóvenes, esos de grupos de amigos del colegio, de la universidad... Nadie puede entender porque me encuentro conmovida con esas historias bobas. Tengo más de 30 años (mucho menos de 40, pero bastante más de 30) y en realidad no tendría sentido ir persiguiendo programas de colegiales. Supongo que es porque encierran las escenas que añoro, todo lo que no viví. Debe ser como una especie de catarsis de la idealización: el colegio en el que no estudie, el grupo de amigos que no tuve, los amores que no concreté... Alguien me dijo alguna vez que yo recordaba con sentimiendo, como si realmente lo volviera a vivir todo frenéticamente. Supongo que ver todo eso es volver a vivir con intensidad capítulos de la vida que no tuve, de la vida que deseaba (no ahora a los 30 y varios, sino en ese tiempo, en el que sí me era permitido desear todo eso). Quizá ahora, en este momento temporal, tiene más sentido que haya estado llorando al ver en una novela rosa y ninguneada casi por toda la gente pensante de mi país la pedida de mano que no tuve, los besos que ya no doy ni recibo, los bailes que no hago, el romance que se me fugo con las horas de trabajo, la rutina de la casa, los horarios diferentes, las pocas ganas... Quizá eso tiene más sentido... Sin embargo, yo no pudeo dejar de aficionarme a esa juventud que no tuve, a esa ropa que nunca que me puse, a lo rebelde que no fui, a las fiestas donde no baile. Lo mejor sigue siendo verlas por la tele, dejar que se me estruje el corazón como si todo eso fuera mío (porque no ha de serlo), para eso está también la telebasura, los cuentos de hadas y las chicas como yo que no pueden hablar con la X porque aman demasiado todas estas tonterías. 
No me recupero, me encuentro penosamente conmovida de mí misma, de mi incapacidad de avanzar en tantas cosas. Tanto camino recorrido para encontrarme cara a cara con el antiguo problema de no saber dejar ir. Las cosas me dejan a mí, pero parece que yo ando persiguiéndolas tercamente, deseando recuperarlas no sé porque. Y aunque trato de pararme derecha, caminar alrededor de mi casa y maravillarme abriendo las dos ventanas preciosas por donde entra toda la luz de mi cuadra e ilumina mi lugar de trabajo... aunque trate de acercarme a la cama y ver a mi esposo roncando con suavidad, aunque revise mi tarjeta de ahorros y vea que puedo ir a comprar miles de cosas (bueno, no miles, pero al menos varias decenas).. aunque me ajusto el anillo de oro en el anular y ande aprendiendo a no jugar con él para no parecer subnormal... aunque pase todo eso... todavía continuo en el ejercicio de convencerme de que he crecido y que para crecer a mi edad, en mi situación, no deberían andarme conmoviendo por amigos que forman grupos de música, huérfanos que se mudan a Orange County o blogueras del upper east side. Ahora, debería caminar derecho y avanzar, la cuestión es que no sé cómo hacerlo sin que me quede un hueco en el corazón, no sé cómo hacerlo sin añorar...

miércoles, 2 de mayo de 2018

El llanto fácil

Hubo una época en que no lloraba nunca. Ahora apenas la recuerdo. Era casi imposible que me cayera una lágrima. Incluso, en la muerte de mi abuela... no lloré. Luego conocí a un chico, empecé a llorar por primera vez: por sentimiento, por manipulación, por vacío.
Recuerdo haber llorado pocas veces. Cuando era niña, por un gatito que estaba en medio de la enrama del parque, pequeño y solo, y me daba tanta pena pensar que se quedaría allí. Cuando estaba en la universidad, una vez estaba en el cuarto de mis padres, mi mamá dormía a mi lado y yo quise prender una lámpara y me pasó corriente. Tuve un sentimiento raro y aproveché para llorar, lo recuerdo porque lloré y lloré y llegó mi papá y me encontró llorando, pensó que había peleado con mi madre y yo no sabía bien qué decir, así que tomé el camino fácil: "me ha pasado la corriente", y cero preguntas...
Yo me bromeaba a mí misma con el tema del llanto, siempre decía que me pegaba mucho a la cebolla porque era la única vez que lloraba. Luego el llanto empezó a venir de pronto: un día recordando el momento en que recibí la noticia de que había ingresado a la universidad y que mi abuela me había regalado un globo de helio se me llenaron los ojos de lágrimas: "mi abuela murió", dije, y lloré... Había pasado un año desde que se fue y era la primera vez que lloraba.
Siempre me dio un poco de verguenza llorar, para mí era una broma ver cómo mi mamá lloraba viendo películas o cuando se emocionaba o cuando se reía demasiado.
Ahora lloro por todo. Creo que empezó con ese primer chico y fue como si se me hubiera abierto una puerta que antes había tenido cerrada. Allí la avalancha empezó y se fue haciendo cada vez más constante, menos controlable. Hubo un momento de mi vida en que sentía que no podía cerrar esa puerta, que tenía las emociones descontroladas. Había hecho contacto con mi lado sensible y todo me afectaba. Luego, eso pasó poco a poco. Empecé a llorar en las bodas, en los funerales, en las peleas fuertes, cuando estaba triste, pero estaba regulado. Ahora, me he dado cuenta que eso se ha extendido: lloro viendo pelas, leyendo en el micro, cuando me cuenta una historia emocionante, mejor dicho no siempre lloro, pero las ganas de llorar están allí: el puchero en mi rostro, un raspón en la garganta, un dolorcito de estómago y mi aguante... Aunque otras veces el aguante no está y "me pego a la cebolla" de nuevo, me abandono y lloro. En el llanto como en la risa y como todo en la vida (o por lo menos casi todo) frecuentemente uno puede decidir y yo decido cuando me río reírme tan fuerte que a veces lloro, me caigo al piso y sigo provocándome la risa, porque la disfruto. Esas risas te dan alegría, te duran, te cargan de energía. Y en el llanto, a veces me aguanto, y otras dejo pase a la sal que bien me vale por todo lo que no he llorado (lo que sí aún no sé como controlar las ganas, esas ganas que no puedo parar en mi actual  estado permanente de andar conmovida por todo).