En una jaula de cristal

Siempre he querido escribir un diario, pero con un afán voyeurista. A pesar de ser reservada creo que cuando hay un incendio es bueno echarle un gran chorro de agua, por eso escribo esto como letras arrojadas al viento desde una urna transparente.

jueves, 11 de febrero de 2016

A veces te miro...

...miro tus fotos. Tus hijos son preciosos. Te miro porque me gusta saber que estas bien. También te miro, tengo que confesarlo, porque a veces me parece interesante pensar qué hubiera sido de mi vida si la hubiera compartido contigo. Esa sensación era más fuerte antes. Ahora lo hago solo como un guiño, como si me metiera en una cápsula del tiempo, como si explorara terrenos de posibilidades.
Te veo feliz. Me alegra. Mereces ser feliz. Siempre mereciste ser feliz. Yo también estoy contenta, ¿sabes? Voy a casarme. No, no con el chico ese al que engañé cuando estuvimos juntos. ¿Estuvimos realmente juntos? Sé que te causaría mucha gracias escucharme decir esto, leer esto, leer todo lo que escribo sobre ti. Me dirías que estoy loca, por ver tus fotos, por meterme en la cápsula del tiempo. Siempre fui una persona diferente, curiosa. Creo que eso te gustaba de mí. Yo no era como las mujeres que tú habías conocido. Yo me complicaba por las cosas, pero sabía salir de mis enredos. Yo era tierna, era hermosa contigo, pero también era rara y tenía el cerebro congestionado y el alma pendiendo de una ruleta rusa. Pero aún así me querías, aún así me quisiste. Y yo creo que con el paso del tiempo me doy cuenta cada vez más que también te quise. Claro, no podía quererte bien, estaba cagada del cerebro y del corazón. Yo no sabía querer bien. No podía darte lo que no tenía. No podía fijarme en el único chico en el mundo que me trataba bien, que me decía princesa, que me enviaba arreglos de flores y dulce y osos enormes. No, no podía hacerlo. Yo era fiel al castigo. Fiel a la locura. Fiel al exceso de ese mal amor que me sobrepasaba. No, en realidad nisiquiera era fiel. Estaba contigo algunos días. (No estuve contigo ninguna noche y con el tiempo me he arrepentido de eso, pero creo que el sexo no entraba en nuestro menú). Tú querías quererme bien. Querías que fuera tu novia. Querías tomarme de la mano. Querías llevarme a pasear al parque, a conocer a tus padres, a las parrilas de tus amigos. Créeme una parte de mí también lo quería, pero la otra estaba presa (presa de mí misma).
Tus fotos son lindas, tus hijos son hermosos, tu mujer parece algo problemática y ventila mucho su vida privada (delicia de los stalker como yo), pero creo que se caga por ti. Sí, se caga por ti. No creo que solo te quiere o te ama o te mira bonito. Se caga por ti. Ve por tus ojos. Lo sé por las fotos, por los mensajes de amor y de odio que te deja. Las mujeres hacemos eso cuando amamos locamente (somo locas las que lo hacemos). Veo que has cumplido tus sueños: conoces gran parte del mundo, visitas playas paradisíacas frecuentemente, tienes el trabajo soñado, tienes una casa, una familia... Y tus hijos son tan bellos, se parecen a ella, a tu mujer, que es simpática, la verdad. Siento que eres feliz, alguna vez cuando te dije eso me respondiste algo así como: "Tampoco tanto, pero allí vamos". Sin embargo, yo siento que eres feliz, que por lo menos una gran parte de ti lo es y eso me alegra. Me pone feliz a mi también. Eres un chico lindo, mereces tener tanta felicidad. Toda la que nunca hubieras tenido con la persona que yo era en el tiempo en que tú querías hacerme feliz. No, no podías rescatarme. Era yo la que tenía que tocar fondo y volver a nacer de nuevo, no haciendo borrón y cuenta nueva, sino aprendiendo de los errores y cambiando. Te escribo para contarte que yo también soy feliz, también voy a tener esa felicidad que tú tienes en una casa, un domingo por la tarde mirando el atardecer desde una terraza con la persona que amo, y porque no pronto, una tarde de parque con mis niños corriendo y sonriendo, porque no, yo también lo merezco.

lunes, 1 de febrero de 2016

Cómo paso el tiempo

A veces empleo el tiempo en tareas inútiles (o poco útiles para el presente, como se quiera ver). Escucho de un colegio nuevo y leo todo acerca de él en internet: modelo pedagógico, si hay programas de arte, forma de enseñar la religión. Busco colegio para los hijos que aun no tengo y quizá no tenga en algún tiempo (no demasiado). Ahora he empezado a buscar nidos (no departamentos o casas, que es lo que debería), sino nidos y colegios para seres de luz que aún viven en el espacio, esperando. Paso mi tiempo en proyectos que pueden parecer inútiles. Ampliando los conocimientos sobre una nueva noticia científica (no leo sobre si el azúcar hace mal o sobre si ya no es bueno tomar leche, eso no me interesa): leo sobre si el camino para la cura hacia el cáncer está cerca, sobre las enfermedades huérfanas. Investigo sobre crímenes: los pasionales me fascinan. Y si encuentro una noticia o documental sobre la Shoá me puedo pasar horas, leo y releo la información en internet. A veces pienso qué estarás haciendo. ¿En qué emplearas tus horas muertas? ¿Qué disco estarás escuchando ahora? Antes, cuando era más chica, escribía historias en mi mente. Sobre ti. Sobre mí. Sobre nosotros. Sobre personajes y podía pasar horas así. Escribiendo en mi cabeza en el micro, en la ducha, en el baño, tirada en mi cama mirando el techo. Ahora me desvelo pensando en colegios para los niños que aun no tengo, creo que eso por lo menos es un avance.

domingo, 17 de enero de 2016

Almas gemelas

Enrique, acabo de llegar de la playa, tengo una tonelada de trabajo que hacer pero no me puedo concentrar. De pronto he empezado a pensar en ti y en que tú también estarías así un domingo por la noche si hubieras llegado de divertirte y te quedaran cosas pendientes que hacer, y antes de empezar con el trabajo tuvieras que sacudirte la última gota de adrenalina, el último chapuzón de electricidad para entregarte a la computadora y las palabras. Somos tan parecidos en tantas cosas. Tenemos corazones de tonalidades similares. La vida nos late de la misma manera. Pienso en los dos y en los pantalones rojos que teníamos hace algunos años en una foto parecida a esta y se me vienen a la mente tantos recuerdos felices, tantas formas de crecer que han pasado por nosotros todo este tiempo. Nuestro propios rituales individuales, nuestros rituales compartidos, nuestro espíritu workaholic, las chelitas nocturnas, las largas caminatas, el San Antonio de Magdalena... solo quiero decirte que es hermoso tener en la vida a alguien que tiene un corazón bueno y rojo y vibrante y que te entiende y que te abriga el alma y que ha llorado contigo y reído contigo tantas veces tantas veces tantas veces que el solo recuerdo de todo eso basta para darte felicidad. Los amigos son la familia que escoges, pero también la que con mucha suerte la vida te pone en frente para que te preste un libro de Andy Warhol, te regale una lata de sopa Campbell's, se burle de tu peinado de chibola, tenga contigo una larga conversación filosófica e intelectual o para que te acompañe un domingo solitario cuando más lo necesita. Los amigos como tú son los hermanos que uno escoge, los que te hacen creer que sí existen las almas gemelas.

martes, 12 de enero de 2016

La casa de Lucía

Siempre que paso por la avenida Javier Prado recuerdo que durante mucho tiempo hice ese camino para ir a la casa de Lucía. Es curioso, mi primer recuerdo no es que transité por allí once años para ir al colegio todos los días, sino que me detengo a pensar en cuando tomaba las combis de rayas rojo, verde y negro que me llevaban hasta esa casa. Ayer recordaba eso mientras viajaba en un micro por esa avenida e imaginariamente hacía el camino hasta la casa de Lucía.
Me gustaba visitar su casa. Lucía era divertida y su casa clara y acogedora. Tenían cubiertos con mangos de madera o acrílico, fierros donde se sostenían la cortina con tres estrellas, una en cada extremo y la otra en medio. Lucía reía, cantábamos la canción de Ana Gabriel y Vikki Carr, de Aterciopelados, comíamos la leche asada de su tía Bertha, usábamos el teléfono para llamar a chicos, amigas... Una vez tuvo un fulbito de mano, otra una máquina de Pinball. Me gustaba ir a su cuarto espacioso y blanco, donde ella había dibujado la silueta de una mujer y nos tirábamos en la cama y nos reíamos, siempre nos reíamos. En ese entonces no llorábamos, no teníamos dramas, jugábamos y éramos felices. Yo miraba su colección de perfumes en miniatura, espiábamos la piscina de la casa de abajo, por la ventana. Veíamos televisión en la sala. Correteábamos por los pasillos. Es curioso, no es la casa en la que más la he visitado, ni en la que hemos estado más solas, ni en la que hemos hablado de los grandes dilemas de la vida, pero es la casa en donde empezó nuestra amistad. En donde yo me sentía libre y feliz en su pequeño, claro y hermoso mundo. Es la casa donde aprendí de sus canciones, de donde me recogieron para ir a la fiesta de preprom (cuando ella se fue a jugar basket por la mañana y no se puso bloqueador y mi mamá tuvo que ponerle maquillaje). Es la casa donde me sentía parte de algo por primera vez: una amistad. Por eso ayer que pasaba en ese micro por la Javier Prado iba escribiendo en mi mente estos y otros recuerdos que tenía de Lucía y su casa (y también algunos de Lucía y mi casa). Nos hemos visto mucho en los últimos años, siempre en otras casas y no en aquel condominio de estructura aglobada a la que los chicos de nuestra clase llamaban el panal.Muchas otras casas han pasado y muchos otros momentos intensos de nuestras vidas, pero fue en esas casa donde nos hicimos amigas, donde fui a verla cuando estaba embarazada de Marina, donde celebramos el nacimiento de la niña, donde vi por última vez a las personas de mi clase en una fiesta que hizo unos meses después de terminar el colegio, donde me enamoré de los cubiertos con mango, vi por primera vez una cruz franciscana y un estuche con perfumes en miniatura. Debe ser por todas esas cosas que ayer viajaba imaginariamente hasta allá y tocaba el timbre del intercomunicador para ver a Lucía salir al balcón y decirme que espere. Mientras yo, abajo, escucho a los perros Doberman (que se encuentran tras unas rejas) ladrar y ladrar y voy empequeñeciendo agarrándome a la reja de afuera. Lucía aparece en la puerta de entrada de la casa, me dice que no tenga miedo y se acerca a abrirme la reja de la calle para entrar conmigo, para que no me asuste. Así era siempre que la visitaba en esa casa, y así ha sido todos estos años: Lucía abriendo puertas, Lucía y la seguridad de tenerla, Lucía y nuestra amistad.  

jueves, 31 de diciembre de 2015

Final de año

Mañana será la última noche que pasaré en el departamento de Miraflores. En ese donde me establecí cuando decidí dejar de viajar y quedarme en Lima. En ese donde he vivido tantas cosas, donde siempre estuve acompañada y también conocí la soledad.
Todo va a cambiar el próximo año. Una vez adapté los post de este blog para una novela corta que tenía que hacer para un curso de Creative Writing. No sabía qué final darle. Era una novela, en formato diario, pero una novela al fin, y tenía que darle un final. Un amigo me sugirió que como los post escogidos hablaban de la búsqueda del amor el final solo podía ser de dos formas: encontrando el amor o no. Yo, por supuesto, elegí encontrar el amor. El amor que en ese momento, en la vida real se me iba de las manos, el amor que quería coger con fuerza y retener. La novela terminaba con el personaje mirando su anillo de compromiso. En la vida real  el novio que tenía se convirtió en el ex novio del avión, que se fue y me dejó, no tanto por su trabajo, como por no quererme. El amor, el amor de verdad, llegó a mi vida real muchos años después. Y ahora dejaré el departamento de Miraflores para empezar una nueva vida. La primera noche de este año que acaba mañana pedí como deseo compartir mi vida con la persona que amo, así que la última noche de este año no saldré a una fiesta, no me iré de viaje, la pasaré en el departamento de Miraflores, comiendo la cena comprada, viendo los blue rays escogidos y con mi pijama rosada de algodón, al lado del hombre que amo. Será un símbolo de empezar una casa, una vida de a dos, tranquila y hermosa como me gusta. Aunque faltan algunos meses aún para las ceremonias, los papeles firmados y demás, este es un gran símbolo para mi. No es el final de una novela, no es el final de un blog en el que escribo cada mes, es la vida y también un poco de felicidad.