En una jaula de cristal

Siempre he querido escribir un diario, pero con un afán voyeurista. A pesar de ser reservada creo que cuando hay un incendio es bueno echarle un gran chorro de agua, por eso escribo esto como letras arrojadas al viento desde una urna transparente.

martes, 21 de octubre de 2014

Aprender...

que tú y yo somos diferentes ha sido uno de los mejores conocimientos adquiridos estos últimos años.
(Así te escogí, así te quiero, aunque a veces me saques de quicio con algunas cosas y yo a ti).
Aprender que tú y yo tenemos diferentes maneras de amar y de expresarlo (pero que coincidimos en lo básico) me ha ayudado tanto a quitarle peso a mi mochila. Creo que esa es la base de convivir con alguien: comprender las diferencias y amar aún en la diferencia.
Yo podría quedarme toda la vida esperando cosas que sé que tú jamás harías, como el ejercicio inútil de pedirle peras al olmo, así mismo. Podría incluso fregarte y fregarte para que hicieras o actuaras de alguna manera, lo conseguiría quizá... Podría también deprimirme pensando que el hecho de que no hagas tal o cual cosa de la forma en que mi mente lo sueña significa que eres malo, loco o des-amorado. Sí, podría, pero ya me canse de sabotearme a mí misma. Ya me lo decía el sicólogo y tardé mucho en comprenderlo: "no puedes pedirle a alguien cosas que no es". 
No es resignación, creo que es madurez. Soy feliz y no me hace totalmente infeliz y desgraciada no tener algunas cosas en mi vida. Me conformo con lo real y lo sustancial, el resto son formas.

viernes, 17 de octubre de 2014

¡Abajo el amor!

Tengo que decirlo: las muestras de amor impostadas -en tiempo de Facebook- me enferman. Estoy harta de ver parejas que se juran amor eterno en sus muros, con palabras huachafitas y dibujitos tiernos. Casi como si todos volviéramos de nuevo al cole y tuviéramos la imperiosamente necesidad de amar (en público) y ser amados (en público) para que nos reconozcan, para mostrar al mundo que somos "grandes", serios y responsables, damas y caballeros con pareja.
Estoy harta de la chica que encuentra al amor de su vida cada tres meses y pasa de "en una relación con" a "estar soltera"y que jura amor eterno como quien comprar la Caretas.
Acaso la gente no sabe que las palabras tiene un valor, que no es como decir pan, agua, queso... Que las palabras de amor son importantes y que van perdiendo el brillo mientras más se exponen. Que como  el agua (que da vida) hay que dosificarla porque si te atiborras de ella te enfermas.
Yo amo las palabras de amor. Sí, las que se dicen en público, también. Pero no las que se sueltan para representar el teatro del amor, la vida feliz, el "quiero que te reconozcan como mío y que vean que soy tuya".
No lo sé, las palabras tienen fuerza, son mágicas y dispararlas como balas no es lo más ideal. Si le digo a alguien palabras de amor quiero que cuente, más allá de su muro, más allá de lo que puedan leer mis 5000 amigos o los suyos.
El espectáculo del amor me apena, no, la verdad me encoleriza. Es como si las mujeres nos redujéramos a ser esos seres incompletos y necesitados que tenemos que "agradecer" constantemente la presencia del hombre que tenemos al lado, casi como si no lo mereciéramos, casi como si necesitáramos marcar cierto territorio para alejar la soledad, el abandono, a la otra mujer que puede llegar detrás de nuestro trofeo. Yo tb he usado algunas de esas tácticas femeninas, para qué voy a mentir, pero de lo bueno poco: en contadas ocasiones y con carácter de efectividad 100% comprobado.
No, no soy una amargada. No, no soy una des-amorada. Quizá es un cierto feminismo el que me irrita cuando veo estas cosas. Amo el amor, tanto como las chicas que lo exhiben (yo tb lo exhibo a mi manera) pero no hago de él un espectáculo, hago que cuente.

lunes, 13 de octubre de 2014

Algunas fotos tuyas

Sé que este -el que he utilizado- es el título de un libro de cuentos, pero me sirve para contar que hoy estuve mirando algunas fotos tuyas. 
Sí, siempre que veo fotos tuyas pienso en todo lo que pudo ser. 
No, no es que me queje de mi vida, que sienta una verdadera nostalgia de ti en mis propias fotos, en mis domingos, en la mesa del almuerzo, pero es algo inevitable pensar... pensar-te un poco, así como quien hace un tributo a lo que pudo haber sido. Por qué no. Aunque no sea mi derecho, de algún modo lo es. 
Sé que en el plano real estoy segura de que lo nuestro nunca pudo haber sido algo (tal vez no lo desee lo suficiente como para volverlo real; nunca tuve los cojones, es la verdad), pero sí pudo haber sido, por un breve milisegundo aunque sea, y es la nostalgia de ese pequeño momento la que me visita a veces.
Me da gusto ver fotos tuyas y verte bien y stalkearte candorosamente, como quien se alegra de los que van llegando antes que uno a la meta en un carrera y mira para adelante y dice: "sí se puede llegar a la meta". (Lo dice porque lo está viendo, porque lo está comprobando fácticamente y sabe que la meta también es una posibilidad para él). Pero quizá este ejemplo de la meta no es el más apropiado para hablar de ti y tu vida y mi nostalgia y tu familia y tus pequeños y todo eso (que yo no tengo tal vez...). 
Yo solo puedo sentirme contenta de tu felicidad, cómo no podría hacerlo. Y a la vez -aunque sé que no debería ni por asomo- pensar en esas fotos que nunca tuviste conmigo. No importa, así es mejor, yo te llevo en el corazón y en la memoria y me basta con alegrarme viéndote feliz, viéndote feliz...

miércoles, 8 de octubre de 2014

Estoy envuelta en un remolino...

...de textos poéticos, palabras y teorías raras pero interesantes. Todo eso me hace pensar en mí misma, en mi propia manera de verme reflejada en tantas cosas, en mi propia forma de concebir y hacer lo que hago. Solo quería escribirlo (para que cuente, para que se registre -así en paréntesis- casi como un susurro, un murmullo). Solo quería escribirlo para decir que es bonito y que me siento contenta :)

domingo, 28 de septiembre de 2014

Esa melancólicas cosas de la infancia

Casualmente al abrir una bolsa olvidada en el "cuarto de depósito" de mi casa he encontrado el primer cuento que leí en el colegio para aprender francés. Ha sido curioso y difícil...
El hipopótamo está tan feliz con su traje nuevo:
es el mejor vestido de la fiesta 
Al borde de la riviera el hipopótamo, escondido, 
mira enamorado a la jirafa
No sé porque (mejor dicho sí imagino pq pero es algo de lo que nunca hablo) encontrar cosas de la infancia siem-
pre me pone un poco melancólica. Al principio, me da una exaltación terrible, casi obsesiva, de investigarlo todo, de recordar exactamente cómo llegaron esas cosas a mi, de saber qué circunstancias me rodeaban entonces... Y todo me juega en contra porque me asaltan los sentimientos de la chiquititud, la pena por ese paraíso perdido (nunca tenido) y todo se va a la mierda un poco, me empieza a dar pena, mucha pena, no las cosas en sí (el libro encontrado)... sino todo la avalancha que se me viene.
Todo queda arruinado cuando su traje
de pintura desaparece por la lluvia y queda
desnudo frente a todos
Entonces, ahora, encuentro el cuento del hipopótamo enamorado de la jirafa y me acuerdo de lo mucho que me gustaba, casi puedo recordar de memoria las canciones, las palabras, el alfiletero en forma de hipopótamo que nos hizo hacer la miss y que mi madre cosió en la noche quejándose de que era muy difícil hacer la forma de un hipopótamo (pero a pesar de eso quedó muy simpático y todavía está en su cajón, es más hoy luego del hallazgo del libro fui a buscar el alfiletero...). Y yo veo el libro y recuerdo que en los tiempos del colegio yo me sentí muchas veces como ese hipopótamo, torpe, gordo y feo enamorado de una jirafa altiva, presumida y hermosa. Solo que yo no estaba enamorada de ningún niño (tampoco me sentía acomplejada), estaba enamorada del mundo, de la idea de tener amigos, de ser feliz y sin embargo frecuentemente terminaba siendo como el hipopótamo, que cuando por error o buen azar es invitado a una fiesta siempre termina vulnerable y solo luego de haber hecho una tontería. Ese contraste fuerte de ser un hipopótamo feliz y el mejor vestido que llega a la fiesta con un traje hecho de pintura, y luego, ser atrapado por la lluvia y que todos los invitados de la fiesta lo vean quedar desnudo y avergonzado y se burlen de él, es fuerte y conmovedor para mi. Y como siempre que me encuentro con cosas de la niñez, esta vez me he obsesionado leyendo el libro, cantando las canciones, mirando las figuritas. Cuando encontré el libro solo podía recordar eso: la alegría que tenía cuando cantaba la canción principal, la cual he recordado y tarareado todos estos años. Es curioso que estos recuerdos que tengo ahora, en este momento, no estén asociados necesariamente al libro en primer lugar. Es mi rollo con la infancia, creo, y la carga que le he dado, la que he venido descubriendo poco a poco y la que creo que ahora me conduce a ver líneas paralelas entre el cuento, mi gusto por él y por lo que siento o he sentido. Y no puedo evitar sentir empatía por el pobre hipopótamo buenote y bien intencionado. No puedo evitar recordar todas estas cosas que me lastiman levemente y que me obligan a hacer un alto para escribir, dispersarme, distraerme y que me deje de doler un poquito el corazón.