En una jaula de cristal

Siempre he querido escribir un diario, pero con un afán voyeurista. A pesar de ser reservada creo que cuando hay un incendio es bueno echarle un gran chorro de agua, por eso escribo esto como letras arrojadas al viento desde una urna transparente.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Keep calm and fuck you

Una de las cosas que más detesto es que me digan: "tranquila". En algunos contextos puede ser válido pero nunca dejaré de odiar que me digan eso. 

Todo empezó con mi primer novio. Cuando teníamos sexo recuerdo que él me decía esa palabra algunas veces. No recuerdo claramente porque ni tampoco recuerdo si me hacía sentir incómoda, solo asocio esas palabras a esa época en la que yo sentía que me mandaban a estar tranquila por las puras o en contextos en los que yo no quería estar tranquila: quería alocarme, soltarme las trenzas, no ser una señorita de nariz respingada. Era mi derecho no estar tranquila ni con él, ni con el amor ni en la cama ni en las muestras de afecto ni en nada; yo era un torbellino siempre había sido un torbellino: estar tranquila no era mi naturaleza.

Si bien no recuerdo exactamente cómo empezó mi fobia hacia "la tranquilidad" sí recuerdo bien la primera vez que identifiqué que esa palabra me sacaba de quicio, me bloqueaba. Fue en uno de mis primeros encuentros sexuales con otro novio (el de ahora), escucharla fue como el botón de apagado, un detonador que hacía que yo perdiera todo interés en él, en el momento. No sé si ambos recuerdos (el anterior y este) se han mezclado y por eso asocio este tema al sexo, no lo sé, pero escribo lo que recuerdo...
Ahora me he dado cuenta que mucha gente utiliza esa palabra como muletilla: "tranquila, todo va a salir bien", "tranqui, no te preocupes", "tranquila, ya vamos a entrar al cine". Y aunque me he dado cuenta de eso, esta demanda de tranquilidad de las personas siempre dispara cosas raras en mi, siempre me hace sentir como la chiquilla estúpida que no quería estar tranquila, que quería mostrarse en su máxima expresión y que fue reprimida y tuvo que quedarse sentada llorando abrazada a sus rodillas en una esquina. 
Creo que acabo de encontrar la clave de lo que necesitaba, la razón de mi odio hacia esa expresión: me mandaron a estar tranquila y yo tuve que tranquilizarme, domarme, bajar mis decibeles, esconderme para aparentar tranquilidad. Claro, mi primer novio, el que me creó la fobia, era un pata apocado, tranquilo de corazón, discreto, no le gustaba llamar la atención, todo lo opuesto a mi, y seguro necesitaba de mi tranquilidad para estar en balance. Creo que me lo dijo una vez: "no puedo ir a tu ritmo". La verdad es que no estoy molesta con él, no puedo estarlo, porque no fue él que me creó esta fobia, fui yo la que decidí domesticarme, apocarme, tranquilizarme para estar con él. Fui yo la que decidió tranquilizar su lenguaje y no decir nunca palabras de amor. Fui yo la que decidió tranquilizar su escritura y no mandarle cartas nunca más. Fui yo la que decidió no llamar tanto la atención. Yo me tranquilicé para poder quedarme a su lado y hacerlo feliz e intentar ser feliz yo también, y en ese proceso cambié, me amargué, me volví otra versión de mi. Y eso -para ser justa- fue únicamente mi culpa, fui yo la que accedió, fui yo la que trabajó cuidadosamente para convertirse en otra. Y creo que por eso me odio un poco, no en el presente pero sí en el futuro, un odio retroactivo, un odio a esa Sandra estúpida que se dejó embaucar, mejor dicho que se embaucó ella misma. Creo que también me odio un poco en el presente, antes pensaba que podía ser joven y cometer errores y vivir al máximo porque así debía ser, no comprendía cuando las personas mayores y queridas me decían que debía cuidar mi corazón porque las cosas que uno hace dejan marcas, no creía que eso podía pasar hasta ahora. Es por eso que también me odio un poco en el presente: por haberme marcado de esas manera.
Creo que es por todo eso que odio que me manden a estar tranquila, me remite a tantas cosas...
Por eso no quiero que nadie me reclame tranquilidad, quiero ser... seguir siendo el torbellino que era, quiero volver a alocar mi escritura y mis palabras diciendo cosas hermosas, cursis y románticas si me da la gana, pasar por un jardín y pedir que me echen agua como en la película de Almodóvar, hablar alto si me provoca, reírme escandalosamente, molestarme si no me atienden rápido en un restaurante. No quiero estar tranquila. La próxima vez responderé: "anda tranquilízate tú y vete al diablo".

P.d: Realmente la escritura es una forma de autoconocimiento siempre me sorprendo de todo lo que puedo encontrar dentro de mi cuando empiezo a escribir y siempre me hace tanto bien hacerlo, es como que me cura, me ordena y me cura. 

viernes, 7 de noviembre de 2014

La confesión

Hoy he hecho una confesión, he mandado el correo y he dicho: "Uy, xuxa, se fue". Luego he respirado hondamente, hondamente...

martes, 21 de octubre de 2014

Aprender...

que tú y yo somos diferentes ha sido uno de los mejores conocimientos adquiridos estos últimos años.
(Así te escogí, así te quiero, aunque a veces me saques de quicio con algunas cosas y yo a ti).
Aprender que tú y yo tenemos diferentes maneras de amar y de expresarlo (pero que coincidimos en lo básico) me ha ayudado tanto a quitarle peso a mi mochila. Creo que esa es la base de convivir con alguien: comprender las diferencias y amar aún en la diferencia.
Yo podría quedarme toda la vida esperando cosas que sé que tú jamás harías, como el ejercicio inútil de pedirle peras al olmo, así mismo. Podría incluso fregarte y fregarte para que hicieras o actuaras de alguna manera, lo conseguiría quizá... Podría también deprimirme pensando que el hecho de que no hagas tal o cual cosa de la forma en que mi mente lo sueña significa que eres malo, loco o des-amorado. Sí, podría, pero ya me canse de sabotearme a mí misma. Ya me lo decía el sicólogo y tardé mucho en comprenderlo: "no puedes pedirle a alguien cosas que no es". 
No es resignación, creo que es madurez. Soy feliz y no me hace totalmente infeliz y desgraciada no tener algunas cosas en mi vida. Me conformo con lo real y lo sustancial, el resto son formas.

viernes, 17 de octubre de 2014

¡Abajo el amor!

Tengo que decirlo: las muestras de amor impostadas -en tiempo de Facebook- me enferman. Estoy harta de ver parejas que se juran amor eterno en sus muros, con palabras huachafitas y dibujitos tiernos. Casi como si todos volviéramos de nuevo al cole y tuviéramos la imperiosamente necesidad de amar (en público) y ser amados (en público) para que nos reconozcan, para mostrar al mundo que somos "grandes", serios y responsables, damas y caballeros con pareja.
Estoy harta de la chica que encuentra al amor de su vida cada tres meses y pasa de "en una relación con" a "estar soltera"y que jura amor eterno como quien comprar la Caretas.
Acaso la gente no sabe que las palabras tiene un valor, que no es como decir pan, agua, queso... Que las palabras de amor son importantes y que van perdiendo el brillo mientras más se exponen. Que como  el agua (que da vida) hay que dosificarla porque si te atiborras de ella te enfermas.
Yo amo las palabras de amor. Sí, las que se dicen en público, también. Pero no las que se sueltan para representar el teatro del amor, la vida feliz, el "quiero que te reconozcan como mío y que vean que soy tuya".
No lo sé, las palabras tienen fuerza, son mágicas y dispararlas como balas no es lo más ideal. Si le digo a alguien palabras de amor quiero que cuente, más allá de su muro, más allá de lo que puedan leer mis 5000 amigos o los suyos.
El espectáculo del amor me apena, no, la verdad me encoleriza. Es como si las mujeres nos redujéramos a ser esos seres incompletos y necesitados que tenemos que "agradecer" constantemente la presencia del hombre que tenemos al lado, casi como si no lo mereciéramos, casi como si necesitáramos marcar cierto territorio para alejar la soledad, el abandono, a la otra mujer que puede llegar detrás de nuestro trofeo. Yo tb he usado algunas de esas tácticas femeninas, para qué voy a mentir, pero de lo bueno poco: en contadas ocasiones y con carácter de efectividad 100% comprobado.
No, no soy una amargada. No, no soy una des-amorada. Quizá es un cierto feminismo el que me irrita cuando veo estas cosas. Amo el amor, tanto como las chicas que lo exhiben (yo tb lo exhibo a mi manera) pero no hago de él un espectáculo, hago que cuente.

lunes, 13 de octubre de 2014

Algunas fotos tuyas

Sé que este -el que he utilizado- es el título de un libro de cuentos, pero me sirve para contar que hoy estuve mirando algunas fotos tuyas. 
Sí, siempre que veo fotos tuyas pienso en todo lo que pudo ser. 
No, no es que me queje de mi vida, que sienta una verdadera nostalgia de ti en mis propias fotos, en mis domingos, en la mesa del almuerzo, pero es algo inevitable pensar... pensar-te un poco, así como quien hace un tributo a lo que pudo haber sido. Por qué no. Aunque no sea mi derecho, de algún modo lo es. 
Sé que en el plano real estoy segura de que lo nuestro nunca pudo haber sido algo (tal vez no lo desee lo suficiente como para volverlo real; nunca tuve los cojones, es la verdad), pero sí pudo haber sido, por un breve milisegundo aunque sea, y es la nostalgia de ese pequeño momento la que me visita a veces.
Me da gusto ver fotos tuyas y verte bien y stalkearte candorosamente, como quien se alegra de los que van llegando antes que uno a la meta en un carrera y mira para adelante y dice: "sí se puede llegar a la meta". (Lo dice porque lo está viendo, porque lo está comprobando fácticamente y sabe que la meta también es una posibilidad para él). Pero quizá este ejemplo de la meta no es el más apropiado para hablar de ti y tu vida y mi nostalgia y tu familia y tus pequeños y todo eso (que yo no tengo tal vez...). 
Yo solo puedo sentirme contenta de tu felicidad, cómo no podría hacerlo. Y a la vez -aunque sé que no debería ni por asomo- pensar en esas fotos que nunca tuviste conmigo. No importa, así es mejor, yo te llevo en el corazón y en la memoria y me basta con alegrarme viéndote feliz, viéndote feliz...