En una jaula de cristal

Siempre he querido escribir un diario, pero con un afán voyeurista. A pesar de ser reservada creo que cuando hay un incendio es bueno echarle un gran chorro de agua, por eso escribo esto como letras arrojadas al viento desde una urna transparente.

viernes, 19 de septiembre de 2014

El largo y doloroso camino de la ausencia

Desde niña le he tenido miedo a la ausencia. Recuerdo claramente haber tenido pocos años (seis o menos de 6, no sé si ya estaba en el colegio o no) y estar parada en la sala de mi casa, mi abuelo no llegaba, había salido hace demasiado rato y no llegaba, y mi madre preguntó por él y probablemente dialogó con mi padre sobre la prolongada ausencia de mi abuelo (no lo recuerdo bien, pero debe haber sido así), y yo lo escuché desde la sala y dije en voz alta, lo que tantas veces había repetido para mis adentros cuando me quedaba sola, lo dije mirando al cuadro de María auxiliadora que está detrás de la puerta de la casa de mis padres: "Por favor, Virgencita, que regrese mi abuelo, que no se vaya a morir". Debo haber tenido conciencia de que estaba diciendo una estupidez, debo haber sabido de que una ausencia no significaba una muerte; pero aún así, mi temor por la ausencia de mi abuelo era más fuerte que el bochorno de quedar en ridículo frente a mis padres. Y me atreví a decir eso cruzando las manos frente al cuadro de la Virgen en presencia de mis padres. Y, claro, recuerdo a mi madre haberse reído de mi y decirle a mi padre: "Oye, escucha lo que dice esta" (eso lo recuerdo vívidamente).
Recuerdo también haber estado en el supermercado con mis padres (no recuerdo si uno de ellos o los dos). Tengo la noción de haber sido pequeña. Uno de ellos o los dos (según fuera el caso) me dejo en la caja registradora pq se había olvidado de algo (no recuerdo qué) y para mi el tiempo sola frente a la caja registradora se hizo eterno y pronuncié una sentencia parecida a la Virgen ("que vengan mis padres, que no se vayan a olvidar de mi, has que yo no note el paso del tiempo y que ya estén aquí"), y empecé a llorar o por lo menos hice el amago de querer llorar y una sra. me decía que no llorara, que mis padres volverían pronto, y llegó mi madre (mi memoria recuerda que era mi madre) y me dijo: "bah, porque lloras" (no con fastidio ni con sorna sino con asombro, como si ella tuviera interiorizado el hecho de que yo no tenía ningún motivo para llorar).
El otro hecho que recuerdo ocurrió creo que en mi cumpleaños de 5 para 6. Yo estaba con un vestido rosado. Era de noche (debe haber sido avanzada la tarde, entrada la noche) y no llegaban mis tíos a saludarme. Éramos yo, mi abuelo, mis padres y mi hermano. No llegaba nadie. Yo entraba y salia del cuarto de mis padres (donde estaba el televisor grande) y no llegaba nadie. Mi madre ponía los caramelos en los envases. Sacaba galletitas, papitas fritas y nadie llegaba. De pronto sonó el timbre, entró mi tío Alejandro (el hermano de mi abuelo), me trajo una cartera de un osito celeste de peluche, yo me la puse (sabía que no le iba con el vestido rosado pero me la puse, me gustó mucho esa cartera, me hizo sentir una mujercita) y nadie más llegaba y recuerdo haberle dicho a mi madre: "no llega nadie", y ella me respondió: "ya van a llegar". Y mi último recuerdo de ese día es verme metiéndome al cuarto de mis padres a ver la televisión con una gran incertidumbre y mi tío Alejandro como el único invitado presente. El año pasado le conté a mi madre ese recuerdo y ella lo tomó por poco cierto: "Siempre han venido todos tus tíos a todos tus cumpleaños". Claro, yo sabía, sé, que siempre han venido mis tíos a todos mis cumpleaños, pero también sé que ese recuerdo es real. Y que los otros anteriores tb lo son. Quizá no recuerdo detalles específicos pero recuerdo bien la sensación (esa misma que me acompaña en todos mis cumpleaños cuando va a llegar la hora de la convocatoria, esa misma que me acompaña cuando me dicen que me van a llamar a una hora, esa misma que siento siempre que tengo que esperar por algo), los hechos centrales. Todo eso ha quedado grabado en mi memoria. Y creo que lo recuerdo mejor porque a mi las ausencias me destruyen: los teléfonos apagados, el castigo del silencio, la comunicación cortada, el paso demencial de ese tiempo que no tiene un límite preciso, que no está en mis manos. Tengo 33 años y nunca he aprendido a manejar eso sin tener la misma sensación de los 5 años, sin sentirme la única en la fiesta, la que reza para que no aparezca la muerte, para que se acabe la ausencia. Nunca he podido convivir con el vacío, con la incertidumbre de la espera.
Escribir esto me ha ayudado a darme cuenta de dos cosas. La primera es que todos estos recuerdos de ausencia y vacío de los que he escrito están asociados de alguna forma a mi madre (quizá no sea sintomático que el año pasado haya descubierto que ella tuvo que hacer un viaje corto, de pocos días, cuando yo estaba de meses, creo que nunca hubiera hecho esa asociación si no hubiera sido por las sabias conversaciones que me brinda mi amigo Star Man Aquarius). ¿Puede ser quizá que mi yo-bebé-de-meses haya percibido el "abandono" de mi madre? ¿Puede ser que ese primer desapego forzado me haya llevado a sentirme tan abandonada que esa sensación se prolongue y se extienda a muchas cosas aún ahora? ¿Pude realmente haber percibido esa temprana ausencia materna? (No se me ocurre otro hecho que pueda relacionar con mi miedo a la ausencia, al paso ilimitado del tiempo, al abandono, nunca me ha pasado nada por el estilo). La segunda cosa es que no tengo la certeza de que sea mi madre la única que fue conmigo ese día al supermercado y me dejó sola frente a la caja registradora, pudo haber sido mi padre, pudieron haber sido los dos, pero yo solo la recuerdo a ella, a ella diciéndome: "bah, por qué lloras", y no es casual que solo la recuerde a ella y solo la mencione a ella en todos estos incidentes y la haya escogido para contarle el recuerdo de ese cumpleaños solitario. Como creo que tampoco es casual que en estos últimos años yo haya sentido la necesidad de reforzar mi conexión con ella, de pegarme a ella como un chicle, de seguirla cautelosamente para aprenderla. En el plano fáctico, en el real, en el físico (de la presencia física), ella siempre ha estado conmigo, aunque repensándolo: ¿no tenía que trabajar en diferentes turnos? ¿Eso no le impedía ir a mis actuaciones del colegio? Pero ¿no pasaba eso mismo con mi padre? ¿Y por qué no lo recuerdo a él? ¿Por qué no siento "su abandono"?
Hacia qué caminos insospechados me lleva este texto. Hacia dónde me ha llevado todo este rollo de la ausencia al que nunca le he hecho demasiado caso. Tengo 33 años. Aún me aloco cuando no me contestan el teléfono. Siento una especie de miedo zigzagueante cuando organizo una reunión, una fiesta de cumpleaños y va a llegar la hora pactada. Ya no lanzo plegarias a la Virgen. Me da rabia, coraje y miedo cuando en medio de una pelea me cuelgan el teléfono, me apagan el celular, me dejan sin saber cuánto tiempo volverá a pasar hasta que se reconecten conmigo. Tengo terror al vacío, al vacío de la ausencia, al tiempo que ha de pasar entre dos hechos cuando no sé exactamente cuánto tiempo será, cuánto tendré que soportar.

martes, 26 de agosto de 2014

Hoy es mi cumpleaños

No llego a este día ni como pensé ni como quería llegar cuando tenía 25 años. No me deprimo en los cumpleaños, pero en este día en particular estoy cansada y triste de estar estancada y no tener el valor o la decisión para hacer tantas cosas.
Quiero moverme y yo misma me voy deteniendo... Pero tb he avanzado envarias cosas. Me consuelo pensando que todo debe tener un tiempo (y aunque va pasando mucho tiempo para algunas cosas y aunque quizá debería apresurarme) tal vez este no sea mi tiempo. No lo había considerado hasta que una buena amiga me hizo pensar en eso.
Mejor concentrémonos en las cosas buenas y las aun mejores que están por venir.  Creo que me estoy haciendo vieja (no por la edad) sino porque desde hace varios años el balance del tiempo que va pasando me hace decir "este ha sido un año de aprendizaje". Bueno, nunca me cansaré de aprender, de soñar, de amar, de dejar que me amen... Nunca dejaré de querer celebrar mi cumpleaños con alegría y de manera sensacional. Pese a que este año no tenía muchas motivaciones he preparado una fiesta genial (hoy un lonche; el sábado una fiesta). Hay que vivir, ser feliz y concentrarse en lo bueno (y darse ánimos para cuando haya que enfrentar lo malo, lo "controvertido"). Pero hoy, hoy más que nunca, más que en todo el año, hay que festejar y ser feliz por lo bueno, por lo que se tiene en frente que te da alegría, por todo lo bueno, todo lo bueno...

martes, 1 de julio de 2014

Tirarse a la piscina

Hubiera querido ser más arrojada, más impulsiva, más mandada. Hubiera querido tirarme a la piscina (no importa si no hubiera tenido agua o si me hubiera ahogado).
Hubiera querido decirte ese día que nos ofreciste a todas darnos un aventón, porque tenías un almuerzo cerca: "Yo voy contigo", y luego subirnos a tu camioneta y responderte -cuando me digas: "¿A dónde vas?"- "Voy a acompañarte a tu almuerzo". Y ensayar todas las respuestas posibles. Si me decías: "¿Qué?" (con cara de "Qué xuxa dice esta loca"). Reírme y decirte: "Es broma. Déjame en Wong" (y creo que ya no intentaría más contigo, soy demasiado rochosa. A decir verdad creo que las últimas veces que he intentado coquetearle a alguien me ha salido fatla, acabo de recordar repentinamente al "pandillero de la mara pituca" que me quise ligar antes de ennoviarme con el actual).
Si me decías: "Es un almuerzo familiar". Decirte: "Mejor, buena ocasión para conocer a mi suegra" (y por supuesto reírme, quiñarte un ojo y decirte es broma, con ese tono de aquellas bromas que tienen algo de mentira y algo de verdad). 
Si me decías (no sin sobresalto, pero como si la idea te causara cierto interés): "Ha, ya, si quieres vamos". Entonces irme contigo. Claro, esa sería la versión más loca de todas, yo proponiéndote unirme a tus planes y tú aceptando, cuando en realidad ofrecerte a jalarnos era una simple cortesía porque casi no hemos cruzado más palabras que las asesorías, las reuniones grupales del proyecto y las pocas preguntas personales/laborales que nos hemos hecho (es que me causas una curiosidad perversa). 
Sea cual hubiera sido el resultado me habría gustado decirte algo de todos modos y en realidad hubiera querido dejarte sin respuesta para poderte decir: "Es una broma, pero podemos tomarnos unos picos sour cuando quieras" (y guiñarte el ojo coquetamente). Eso me hubiera gustado, realmente me hubiera gustado. Pero yo ya no tengo la seguridad que tenía para hacer esas cosas, para las réplicas ingeniosas, para invitar(me) a salir con alguien, creo que solo he tenido esos chispazos dos o tres veces. Pero me hubiera gustado que la siguiente hubiera sido contigo y que nos hubiéramos tomado esos piscos y que se encienda en mi la luz de peligro y que esta sea otra historia (como aquella otra de mi "amor de los entretiempos", los aviones, los 20 años, la música, los bares, el chico azul y todas esas cosas).
Hubiera querido ser más arrojada (que no ofrecida) y haberte dado una entrada y que tú quisieras darme otra porque desde hace tiempo siento una conexión contigo y de pronto se me hace que somos muy parecidos y pienso que a lo mejor si soy yo lo que tú necesitas (y viceversa...).

lunes, 30 de junio de 2014

Preguntas

Yo también escribí ese libro para curarme, para sacarme un mal amor de la cabeza, de las entrañas. Un mal amor que me tenía loca, enferma, posesa y que hacía que me doliera el corazón. ¿Y ahora que tengo que hacer para curarme de este buen amor? ¿Escribir otro libro? ¿Hacer una tesis, un planteamiento filosófico? ¿Reconectarme nomás, como quien después de un apagón se acerca al enchupe y hace andar de nuevo el televisor?
¿Cómo hago yo para curarme de este buen amor que se me da va de las manos, del cuerpo, de la cabeza? ¿Cómo hago si pese a que no hemos perdido las ganas de estar juntos no sabemos qué hacer con nosotros mismos?
¿Qué tengo que hacer? ¿Tener un amante? ¿Tener otro cuerpo, otro nombre? ¿Volver a ser la que era cuando empezó toda esta historia?
¿Cómo hago para reenamorarme de ti y seguir siendo yo y que todo siga siendo nuestro? ¿Cómo hago si el amor aún no se ha ido pero se muere, se aleja, se contraria, de dispersa?
¿Hay alguna solución para eso? ¿Tengo acaso que escribir otro libro y sacarte de mi sistema, de mi vida, de mi presente y mi futuro? ¿Me asegurará eso ya no quererte más, ya no extrañarte, ya no llorar cada vez que pienso en dejarte?

martes, 20 de mayo de 2014

La vulnerabilidad

A nadie le gusta verla ni reconocerla. Nisiquiera reconocer que también la tiene. Es mejor pensar que uno es fuerte y que las cosas no le afectan. Pero no es así. Está allí y aparece para recordarte cosas: como que tienes miedo (a los cambios y a que las cosas que no se muevan, por ejemplo, paradojas de la vida...).
Aunque no quieras te encuentra, te sorprende en las cosas más mínimas. Yo ya no me espanto de tenerla, aunque a veces me sorprende ver que soy más frágil de lo que creo, que las cosas más mínimas pueden afectarme de una manera exorbitante.
Pienso, sueño, deseo, amo y lloro, me molesto y sufro y escucho una canción que me hace recordar mis ilusiones y envidio y deseo de nuevo y sale a flote mi fragilidad.
Y aunque todo esto sea difícil, aunque a veces odio ser tan sensible, es también bonito saber que uno está vivo porque siente, saber que uno puede ser intenso porque tiene la capacidad de explotarse al máximo.
Ella está allí y no se puede hacer nada.