Diciembre va a acabar y con él se ira uno de los años más extraños de mi vida. No podría decir que ha sido malo pero tampoco podría decirte que ha sido de los mejores.
Este año conocí la felicidad, la felicidad total, esa que te hace pensar que lo tienes todo en la vida. La tuve y la palpé aunque sea un momento y eso me da la certeza de saber que existe, pero también me trajo a la mente una antigua certeza: que la felicidad no es para mí.
Este ha sido un año de entrenamiento -como dice mi psicólogo-, de una preparación para empezar a ver el vaso medio lleno en vez de medio vacío. Y no ha sido fácil, ha sido muy duro. El trabajo, el novio pendejerete, la familia y los cambios, nunca me han gustado los cambios. Ha sido difícil tener que acostumbrarme a tantas cosas...

También ha sido un año de nuevos conocimientos, de pruebas. Antes tenía la certeza de que uno no se muere de amor, ahora tengo la certeza también de que puedo estar solo (y que oh, paradoja, nunca voy a estar sola). Si el año pasado fue un año para redescubrir a mi familia, este ha sido un año para descubrir a mi segunda familia: mis amigos, y darme cuenta que ellos me bastan y sobran para ser felices, que ellos hacen que todos mis días sean un poco mi cumpleaños, un poco Navidad, un poco el día de la mujer, un poco la maravilla.
El otro día hablaba con mi mamá sobre este año y ella se detuvo un momento -como quien evalua- sin saber decir si este había sido un año bueno para mí. Me miró y me dijo que este no había sido un año bueno, y yo le respondí que yo prefería verlo como "un año de crecimiento personal". Hace ya 24 meses que me repito que mi reto es crecer y creo que este año -aún si no tenía la intención de hacerlo- he tenido que crecer un poco a la fuerza.
He tenido que renunciar a muchas cosa, a ideas, a dogmas, a marcos. Me he tenido que probar a mi misma. Me he separado con dolor pero sin sentir que la vida se me iba, reacomodando mi espacio con naturalidad y hasta con belleza e ironía. Me he amistado con reticencia, con cólera, con dolor y ahora con una calma demasiado calmada que por momentos me aburre. Me he sentido tan tonta, tan absurda, tan estúpida. He querido correr, esconderme, salir al mundo, volverme una dictadora, jugar a ser mala, inventar teorías tontas. Al final he terminado donde debí haber estado hace mucho tiempo: buscando ayuda, y muchas cosas han salido de ese baúl con llave, cosas que nisiquiera sabía que existían, cosas que nisiquiera sabía si estaban mal.