
Yo me reunía a chatear con él los periodos que teníamos libres en el colegio (era una vaina coincidir). Él dejaba de jugar fútbol, yo le sonreía al profesor de computación para que me dejara utilizar una máquina. En ese tiempo recién aparecía internet. Yo había abierto mi primer correo electrónico. Él tenía internet en su casa. Chateábamos, nos enviamos correos, hablábamos por teléfono. Coqueteábamos como dos buenos muchachitos católicos. Nos tomábamos de la mano y luego nos soltábamos. Éramos lindos.
Yo que sabía que él…, y el sabía que yo…
“Me alegra que tu hermana esté bien. Voy a escribirle de todos modos. No tengo ninguna tocaya por acá. Cómo dices que se llama tu sobrina? Bueno, como estamos jugando a las preguntas, pregúntame lo que quieras y yo te responderé”
“La pregunta que te quiero hacer está al final de la página.
Mi otra hermana tiene un nombre bien raro se lo pusieron sus padrinos igual que a ti.
NO SEAS CURIOSA TERMINA DE LEER EL MAIL Y LEE LUEGO LA PREGUNTA.
Ayer fue chévere chatear contigo pero la conexión se fue muy rápido. Tenía clase de biología. La biología es horrible. No sé como no pueden gustarte las matemáticas.
Estuve pensando en que pregunta podría hacerte pero no se me ocurrió nada interesante así que porque no escribes tú la respuesta a la pregunta que te hubiera gustado responder”
(Mmm… es más inteligente que yo –pensé- y la mano no me tembló para responder el siguiente mail:
“Sí”
(Pensándolo mejor decidí ser un poco mala y respondí:
“Tal vez”