Tengo miedo de que un día ya no pueda bailar contigo nunca más

¿Se nos acabaron alguna vez las cartas, Tarzán? ¿Se nos gastaron alguna vez las plumas? Nos hemos vendido a la tecnología. No importa. Nadie me escribe e-mails como tú. Es bonito el elemento sorpresa. Aunque siempre que llego, sé que llegaré y que tal vez tu estés o hayas pasado por aquí y hayas preguntado por mí con una palabra cariñosa que en tus labios debe sonar a piedra, a cielo gris, a calle San Francisco, a chocolates de la Ibérica, a mi falda roja medio jippie, a ti y a mi en este y en todos los tiempos del mundo.
¿Te he dicho alguna vez que te quiero de verdad? Seguro que sí, pero te lo digo de nuevo para que no se gaste: que te quiero de verdad y los demás que aguanten.
Un beso desde acá hasta allá. Alguna vez aterrizaremos en el mismo aeropuerto y aumentaremos a más de tres nuestras visitas físicas-presenciales.
Pero no existe el tiempo, amor, no existe. Y eso es lo bueno de saber que más allá de la pantalla uno tiene un amigo sin tiempo a quien joder, a quien extrañar, a quien amar y a quien besar (aunque sea de lejos). Y eso es lo bueno, cariño; nos sobreviven nuestras cartas, nuestro cuaderno rojo y las ganas de volvernos a ver en una Suiza neutral que tendremos que encontrar para que los años no nos ganen. Te quiero y el tiempo a la mierda y como siempre los demás que aguanten.