En una jaula de cristal

Siempre he querido escribir un diario, pero con un afán voyeurista. A pesar de ser reservada creo que cuando hay un incendio es bueno echarle un gran chorro de agua, por eso escribo esto como letras arrojadas al viento desde una urna transparente.

martes, 21 de diciembre de 2021

Re-conocimiento

Ese dicho de "No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes" es verdad, pero también "No sabes lo que tenías  (y cuánto lo extrañabas) hasta que lo recuperas". Esa es la lección de hoy.  Tantas lecciones en un día. Demasiadas como para no escribir algunas mientras yo continuo la noche con un vaso con un buen ron.

Hoy se ha ocurrido que cada relación tiene dos personas que son uno, pero al final son dos. Dos procesos independientes y separados. ¿Cómo habrá vivido mi exnovio del avión del avión nuestra relación y nuestra separación? Yo tengo una película muy clara y muy vívida de cómo fueron ambos procesos, pero cómo los habrá vivido él. Cuánto de buena y de villana tendré en su historia, en su película. El final y el inicio de una relación son dos cosas diferentes para las dos personas involucradas; al fin y al caso, son personas diferentes, con diferentes procesos, diferentes historias de vida, diferentes sentimientos e intesidades. 

En el amor, en el fin del amor (en realidad), como en la guerra, no hay totales ganadores ni totales perdedores. No hay una única verdad solo muchas verdades y dolores y penas. El dolor es el mismo, pero, a veces, muy diferente. Como siempre digo: "percepciones son realidades". Y, a veces, cada uno tiene diferentes percepciones y vive diferentes realidades. 

Uno no puede entrar dos veces en el mismo río, pero puede encontrar nueva agua para jugar. Puede deleitarse con los recuerdos de lo vivido. 

Nosotros los de entonces jamás volveremos a ser los mismos, pero podemos ser mejores; podemos disfrutar de ser diferentes, de haber crecido y cambiado. El amor se transforma y cambia. Efectivamente, el adagio de las abuelas era cierto: "Quien se va sin que lo boten, regresa sin que lo llamen". Y los regresos deben celebrarse.

A mi edad debería haber empezado a dejar de tenerle miedo a los cambios, a saber que todo fluye y cambia y eso es bueno.

miércoles, 20 de octubre de 2021

13 años

13 años puede parecer mucho o muy poco. Si alguien vive solo trece años, nos lamentamos, pensamos que es poco. Si es un criminal que ha cometido actos terribles y solo le dan 13 años, quisiéramos que fuera más. 

Hubo una época en que quería sumar años en el amor. Mi falta de experiencia me hacía pensar que si, pro fin, lograba cumplir uno o dos años o más con alguien eso me haría más sabia, más vivida, no sé... que me daría cierto plus o cierto prestigio que no tenía. 

Hoy a media mañana he caído en cuenta que he pasado 13 años con alguien. 13 largos años. Para algunos podrían ser cortos. En realidad, casi no lo habría recordado de no ser por la agenda del teléfono. Eso me hace pensar que ha pasado tantísimo tiempo desde que me esforzaba penosamente por llegar a los 4 años con el exnovio del avión y con el que siempre digo que estuve casi 5 años. (No puedo abandonar mi manía de números redondos). Como si 4 años no hubieran bastado para hacernos papilla los dos...

Ahora ya no cuento los años. Ya no me apresuro en ganar tiempo. Incluso, el año pasado me di cuenta de que al celebrar algún aniversario había estado contando un año de menos (Oh! paradojas de la vida).

Cuando estaba en el colegio y las chicas tenían el primer enamorado se estilaba celebrar el primer mes. Mi pregunta para todas mis amigas era: ¿Y qué te regaló para el mes? Cuando tuve mi primer novio me obsesionaba celebrar los meses del aniversario. Aún recuerdo la fecha --> 10 (pero no recuerdo el mes, creo que fue julio).

En estos 13 años casi no he celebrado aniversario (ni de enamorados ni de matrimonio). Creo que en la vida real, no la de fantasía que tenía en la cabeza eso no es lo más importante.

Cumplimos 13 años en una relación rara, agradable y hermoso, pero siempre retadora. Tranquila y a veces demasiado tranquila para mi gusto, pero que en lo general me llena el corazón. Resulta hermoso saber que hay alguien que te espera al final del camino, que puede caminar contigo y que puede dejarte ir a recorrer el mundo. 

A veces he sido mezquina con mi relación. Otras he sido demasiado feliz. Otras muy engreída. Tantas cosas pueden pasar en trece años... Lo que sí puedo decir con seguridad es que siento un amor inmenso por la persona que me acompaña en la vida, que nadie me conoce mejor que él, que a veces es increíble descubrir como alguien puede conocerte más que tú mismo y que se siente lindo cuidar y ser cuidada.

Parece que mi obsesión por los números ha desaparecido. Por lo menos la obsesión. 

(En realidad, siendo las 6:54 p. m., me acabo de dar cuenta de que me he confundido y no son 13, sino 14 años).

domingo, 27 de junio de 2021

Cicatriz

 He resuelto que no eres una herida, eres una cicatriz. La cicatriz de esa pierna rota que fuiste alguna vez. Y te recuerdo ahora porque como todas las piernas rotas siempre dueles un poco en el invierno. Y es ese dolor y esa cicatriz lo que te lleva a pensar en el pasado: cómo era tu pierna antes de quebrarse, cómo diste el mal paso, cómo se formo esa cicatriz.  

No eres un símbolo.

Tampoco, eres una herida. Las heridas están abiertas, sangran, necesitan ser curadas. Yo estoy curada de ti.

Eres la cicatriz de esa metáfora que cree cuando tuve que olvidarte y reconstruirme, cuando tuve que aprender a caminar sin ti. Eres ese hueso vuelto a pegar y ese leve dolor de invierno. Solo eso. 

lunes, 21 de junio de 2021

Heridas

 En estos recientes días de la continuada pandemia he soñado contigo. No sé por qué. No he estado pensando en ti. Tal vez el otro día que fue tu cumpleaños recordé la fecha y te mandé un mensaje, como quien saluda a un camarada lejano. Pero fuera de eso, nada... 

Ayer soñé contigo, pero no ha sido la primera vez. Han sido varios sueños en estas últimas semanas. Pienso ahora si tal vez te has convertido en un símbolo (así como en algún tiempo lo fue el mar, los teléfonos y la muerte de mi abuela). Un símbolo que aparece en mis sueños para espetarme en la cara mi estrés, mis callados dolores, mi impotencia, mi frustración... Tal vez tu imagen en mis sueños es el símbolo de esta frustración pandémica, de este nuevo vacío que se ha instalado en mi vida entre mascarillas, alcohol y miedo. 

El día que te escribí el mensaje quise poner tu nombre con un diminutivo. Jamás te había llamado así. Pero me dio ganas de hacerlo. "Es una forma cariñosa de demostra que te recuerdo", pensé. "Es una forma de demostrarte que ahora tú eres pequeño para mí y yo me he hecho grande, muy grande", me dije luego. Pero escribí tu nombre y un mensaje austero, propio de un saludo protocolarmente cariñoso.

Ayer soñé que tú y mi esposo aparecían en el panorama. Dentro de lo poco que recuerdo ambos de fusionaban, pero al que veía era a ti. En otra escena, debíamos cruzar un puente cibernético. Si lo cruzaba contigo, era una forma implícita de decir que volvería a ser "tu chica". Yo quería estar contigo, quería irme contigo, pero al borde de bajar las escaleras del puente veía claramente la figura de mi esposo: sus ojos miel, sus pestañas largas, su figura grande y sentía profunda pena, una pena mezclada con sensatez. "Yo tengo pena de dejarlo". "Yo no quiero dejarlo". Fueron las dos frases que mencioné. Era como si de pronto me hubiera llegado el momento de reflexión...

Lo de que te has vuelto un símbolo se me acaba de ocurrir ahora, mientras escribo. Mi primera idea mientras venía a socorrerme bajo la catarsis de la escritura fue una pregunta: "¿Alguna vez dejarás de dolerme?". Lo pensaba mientras curiosamente una playlist pasaba una canción con la que te recuerdo. Una canción que me hace recordar que siempre fuiste una figura transparente, una especie de holograma: estabas, pero no... No sé si es posible que tantísimos años después aún me duelas. No sé si es posible que te hayas convertido en un símbolo de lo que falta, de las angustias, del estrés, y por eso apareces en días como los de estas últimas semanas. Por lo menos no cruce ese puente. Por lo menos no me fui contigo. Algo tiene que haber sanado en mi inconsciente, si este es capaz de dejar ir el pasado y decidir dar la vuelta para regresar a mi presente. 

viernes, 19 de febrero de 2021

Pandemia

 ¿Sabes qué pasa? Estamos en una pandemia. Una pandemia es como una epidemia, pero más grande. Es una enfermedad que se ha extendido y ha paralizado al mundo. Es como en las películas de zombies, pero sin zombies y de verdad. Ha pasado casi un año. Estamos encerrados en casa (los que somos concientes y hacemos teletrabajo). Usamos mascarilla: ahora es obligatoria. Nosotros salimos vestidos como astronautas: con un abrigo especial, la mascarilla y un una especie de casco de motociclista. 

No vemos a los amigos hace casi un año, no abrazamos a los que queremos y hemos aprendido a pedir todo, casi todo, por delivery. Hemos perdido el placer de salir a caminar, de ir a la playa, donde siempre pasabamos los veranos y de estornudar fuerte y con todo el cuerpo.

Estamos en una pandemia y no sabemos cuándo va a acabar. Ha llegado la vacuna a Perú, pero no sabemos si esta vacuna es buena, si eso resolverá todo, si de nuevo podremos volver a las calles libres y con los rostros risueños (hemos aprendido a sonreír con los ojos, ¿sabes?).

Han salido muchos memes. Uno muestra a un chico que unos años en el futuro encuentra una mascarilla en su casaca y la mira y sonríe. Luego, la guarda y coge su machete para ir a pelear con los zombies. Para algo bien gracioso, quizá en 5 años me voy a reír como loca. Pero ahora no me hace mucha gracia. No me puedo reír cuando me acuerdo de las fotos de una calle de Ecuadero donde sacaron un cuerpo envuelto en una sábana y lo pusieron afuera de la casa, porque las funerarias no se daban abasto. Tampoco, me puedo quitar de la cabeza el reportaje que leí de la chica que perdió a su papá: lo internó en el hospital y no volvió a ver más de él, murió solo, como tantos otros. Es más, se confundieron muchos cuerpos. A veces te llevabas un muerto que no era el tuyo, recibías sus cenizas y no eran de tu padre, de tu hijo, de tu hermano. Todo eso pasó el año pasado. Todo eso podría volver a pasar ahora que estamos en lo que han llamado "la segunda ola", o sea, el segundo tsunami, la segunda arremetida de la enfermedad.

Por estos días, en Perú, acabamos de enterarnos que muchas personas del gobierno se han vacunado, que mientras los médicos y enfermeras se mueren los burócratas y algunas personas de sus familias están protegidos del virus. Que mientras un profesor de San Marcos dictaba clases con su oxígeno el Rector y las autoridades de la Facultad de Medicina gozan de la vacuna contentos. 

Yo he dejado de ver ver noticias. He engordado los kilos que bajé con tanto esfuerzo. He sufrido más insomnio que nunca y regresó mi adicción por la gaseosa. He visto a mi marido cuidarme como si yo fuera un bien preciado, a veces lo veo como mi padre, como si yo me hubiera hecho una bolita pequeña y que para no perderme quisiera andar metida en su bolsillo.

No sé que va a pasar. No sé si voy a volvber a escribir aquí. No sé si en 5 años pueda reírrme del meme que mencioné. Lo que hay por estos días es mucha incertidumbe y un fuerte deseo de que esto pase, de no enfermar, de abrazar a la familia y a los amigos, de sentir que la realidad que teníamos, aunque nos quejaramos de ella, era bastante buena y la queremos de vuelta. 

¿Sabes, estamos en una pandemia y espero que esta no se convierta en una historia apocalíptica? Por favor, no.