En una jaula de cristal

Siempre he querido escribir un diario, pero con un afán voyeurista. A pesar de ser reservada creo que cuando hay un incendio es bueno echarle un gran chorro de agua, por eso escribo esto como letras arrojadas al viento desde una urna transparente.

martes, 30 de diciembre de 2014

Los pasillos de los consultorios de los doctores

Es curiosa la solidaridad que existe en la sala de espera de los doctores. La gente se mira con cierto cariño, con cierta pena, como si se conociera de antemano. No les da pudor hacerse preguntas que jamás se harían en la calle, hablar sobre sus cuerpos, sus molestias, sus embates, sobre lo bueno que es el doctor y cómo l@s ha sanado milagrosamente, lo bien que les hizo a sus hijas, madres o amigas. No falta quien te pregunta sobre la retención de líquidos, la imposibilidad de pasar bien los alimentos, la caída del cabello, la hinchazón de las articulaciones. Algun@s ensayan respuestas como posibles diagnósticos, otras comparten sus síntomas también, la medicación que usan. No falta la primeriza, la que recién esta entrando en el terreno de la enfermedad, temerosa pregunta por el doctor, los síntomas... Tod@s prest@s le dan ánimos, le hablan de las bondades de los tratamientos, de lo bien que conduce el médico a su rebaño de enfermos, le dan coraje, le hablan con un optimismo supremo, como queriendo calmarla o acompañarla. "Masa" de César Vallejo ocurre en el pasillo de los hospitales o en los consultorios. Ocurre yo lo he visto. Lo he sentido. Lo he actuado. Y lo he vuelto a hacer ahora que he vuelto al médico.
A menudo pienso que la vida se te decide en el pasillo de un hospital o en una consulta médica. Cuando abres tímidamente el sobre de los resultados y aparece esa cifra de más o de menos, esa que no debería estar allí y es entonces cuando tu vida cambia. Cuando luego vas con tu ensombrecido sobrecito a sentarte derrotada en la sala de espera y escuchas como l@s demás hacen el ritual antes descrito y tú, te muerdes las uñas, te paras, te sientas hasta que dicen tu nombre y pasas al consultorio del doctor. Los doctores siempre están quitándote o aumentándote algo: más pastillas, menos peso, más verduras, menos alcohol, cero estrés.
El día ese que volví donde el doctor pasé antes de la cita a recoger mis resultados, en la otra caja había una jovencita guapa y espigaba que preguntaba por una prueba de embarazo, iba sola y nerviosa, supe que su vida también iba a cambiar en ese momento cuando se sacara la sangre. Fuera del resultado su vida iba a cambiar, un susto así cambia a cualquiera: te enseña a usar condón, a terminar con el novio estúpido que no te acompañó o a volverte mamá... un susto así te cambia. Entonces le mandé una mirada solidaria (solidaridad de hospital) pero ella miraba al piso.
Este año volví al consultorio del doctor, me enteré que de seguro tendré que ir todo el año que viene. Este año volví a perder un poco más mi salud. Gané más dosis de las pastillas cuadriculadas. Volví a las antiguas pastillas blancas. Me quedé huérfana de respuestas con un síntoma. Gané una dieta de verduras. Este año con en los anteriores volví a reaprender que la salud es algo que pierdes cada día si no te cuidas y así te cuides, a veces, la pierdes porque tu cuerpo se te revela, te arma un golpe de estado del carajo y tú solo puedes hacerle frente. Así que aquí estoy yo haciéndole frente una vez más y para toda la vida, para toda la vida si es que esta vez aprendo bien la lección y yo, la salud, los hospitales y los doctores nos volvemos un matrimonio y no nos volvemos a separar.

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