En una jaula de cristal

Siempre he querido escribir un diario, pero con un afán voyeurista. A pesar de ser reservada creo que cuando hay un incendio es bueno echarle un gran chorro de agua, por eso escribo esto como letras arrojadas al viento desde una urna transparente.

miércoles, 2 de mayo de 2018

El llanto fácil

Hubo una época en que no lloraba nunca. Ahora apenas la recuerdo. Era casi imposible que me cayera una lágrima. Incluso, en la muerte de mi abuela... no lloré. Luego conocí a un chico, empecé a llorar por primera vez: por sentimiento, por manipulación, por vacío.
Recuerdo haber llorado pocas veces. Cuando era niña, por un gatito que estaba en medio de la enrama del parque, pequeño y solo, y me daba tanta pena pensar que se quedaría allí. Cuando estaba en la universidad, una vez estaba en el cuarto de mis padres, mi mamá dormía a mi lado y yo quise prender una lámpara y me pasó corriente. Tuve un sentimiento raro y aproveché para llorar, lo recuerdo porque lloré y lloré y llegó mi papá y me encontró llorando, pensó que había peleado con mi madre y yo no sabía bien qué decir, así que tomé el camino fácil: "me ha pasado la corriente", y cero preguntas...
Yo me bromeaba a mí misma con el tema del llanto, siempre decía que me pegaba mucho a la cebolla porque era la única vez que lloraba. Luego el llanto empezó a venir de pronto: un día recordando el momento en que recibí la noticia de que había ingresado a la universidad y que mi abuela me había regalado un globo de helio se me llenaron los ojos de lágrimas: "mi abuela murió", dije, y lloré... Había pasado un año desde que se fue y era la primera vez que lloraba.
Siempre me dio un poco de verguenza llorar, para mí era una broma ver cómo mi mamá lloraba viendo películas o cuando se emocionaba o cuando se reía demasiado.
Ahora lloro por todo. Creo que empezó con ese primer chico y fue como si se me hubiera abierto una puerta que antes había tenido cerrada. Allí la avalancha empezó y se fue haciendo cada vez más constante, menos controlable. Hubo un momento de mi vida en que sentía que no podía cerrar esa puerta, que tenía las emociones descontroladas. Había hecho contacto con mi lado sensible y todo me afectaba. Luego, eso pasó poco a poco. Empecé a llorar en las bodas, en los funerales, en las peleas fuertes, cuando estaba triste, pero estaba regulado. Ahora, me he dado cuenta que eso se ha extendido: lloro viendo pelas, leyendo en el micro, cuando me cuenta una historia emocionante, mejor dicho no siempre lloro, pero las ganas de llorar están allí: el puchero en mi rostro, un raspón en la garganta, un dolorcito de estómago y mi aguante... Aunque otras veces el aguante no está y "me pego a la cebolla" de nuevo, me abandono y lloro. En el llanto como en la risa y como todo en la vida (o por lo menos casi todo) frecuentemente uno puede decidir y yo decido cuando me río reírme tan fuerte que a veces lloro, me caigo al piso y sigo provocándome la risa, porque la disfruto. Esas risas te dan alegría, te duran, te cargan de energía. Y en el llanto, a veces me aguanto, y otras dejo pase a la sal que bien me vale por todo lo que no he llorado (lo que sí aún no sé como controlar las ganas, esas ganas que no puedo parar en mi actual  estado permanente de andar conmovida por todo).

0 Comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]

Vínculos a esta publicación:

Crear un vínculo

<< Página Principal