En una jaula de cristal

Siempre he querido escribir un diario, pero con un afán voyeurista. A pesar de ser reservada creo que cuando hay un incendio es bueno echarle un gran chorro de agua, por eso escribo esto como letras arrojadas al viento desde una urna transparente.

lunes, 29 de agosto de 2016

Latiendo al mismo ritmo

Hace un tiempo me paso algo singular...
Ella llamó ayer para decirme que es increíble que Ricardo Darín venga a Lima. Es mi amiga, la quiero, pero soy más amiga de él, el ex. Fuimos juntos a la universidad. A ella la conocí por él, hace varios años, cuando eran novios. Nunca vivieron juntos porque él tenía (tiene una hermana que lo necesita, bueno, lo necesitaba porque ya partió a un lugar donde por fin no necesita a nadie más para vivir ni ser feliz). Eran la pareja más bella del mundo. Todos querían ser como ellos. Yo también quería ser como ellos: terminar las frases del otro ridículamente, que alguien me prepare un camino de rosas que terminaba en un baño de burbujas, que me envíen al trabajo un oso que necesitaba su propia silla para sentarse. Sí, todos queríamos ser como ellos. Pero ellos tenían su lado oscuro, no solo peleaban por el control de la tele, por quien manejaba el carro, tenían problemas profundos: la hermana de él y la necesidad apremiante de atención y cuidado que necesitaba: él no era libre; la necesidad de ella de que él le presente toda su atención; el dinero; las diferentes formas de ver la vida... Se amaban, no me cabe duda, pero eran complejos y oscuros como lo son los grandes amores.
Ella llamó ayer para decirme lo de Darín, no porque fuera algo importante, no porque tenía entradas, no porque quería invitarme. Llamó para decírmelo porque no podía hablar con él. (No están juntos hace un año. Ya no hablan). Quería contarme que la obra de teatro fue la misma que ellos vieron en Lima hace tiempo. Tenía que decírselo a alguien, aunque sea a mí.
Dos horas después, por la noche, llamó él. Quería comentarme lo de Darín. Le parecía increíble que ese actor al que tanto admiraba estuviera en Lima, y le parecía más increíble aún que estuviera aquí para actuar en esa obra que había visto con ella. La extraño me confesó (ella me había confesado lo mismo dos horas antes). Colgué el teléfono triste, es una mierda que se muera el amor. Es una mierda que el mundo tenga que girar. Es una mierda que ella se vaya a ir a ver a Darín sola "como un homenaje". Es una completa mierda que él nisiquiera pueda ir a ver la obra porque se le "parte el corazón". Bueno, también es una mierda que yo no vaya a ir a ver a Darín porque solo habían entradas caras cuando fui a comprar, aunque eso no venga al caso. Pero es más insólito sentir cómo los corazones de dos personas que están separadas a veces aún siguen latiendo al mismo ritmo. Dos horas más temprano, dos horas más tarde, las mismas palabras, los mismos recuerdos. Hacemos tanto esfuerzo por sincronizarnos con alguien, por latir a su ritmo, que luego -aunque lejos- el corazón no se detiene (que no es lo mismo que el amor, que no es lo mismo que la confianza). Sé que ellos ya no están juntos, se que ella se irá a Holanda a hacer una maestría, sé que él tiene pensado viajar pronto a Chile, quizá para hacer una vida lejos, pero sé también que si se sentarán a una mesa, un día solamente (dejando de lado las peleas y discordias), podrían reír, abrazarse y ver chispas en sus ojos y escucharían por un milisegundo a sus corazones latiendo al mismo ritmo. Lástima que la vida no sea ese milisegundo, lástima que la vida y el amor sean cosas complicadas, enrevesadas, diferentes. Afortunadamente nuestros corazones no tienen un solo ritmo, laten al compás que queramos, cambian, saltan, se apaciguan, bailan, eso es lo bueno de la vida, eso es lo bueno del amor.

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